
El pasado 1° de diciembre, en Nueva York, los Gotham Film Awards se convirtieron en escenario de un momento visual inolvidable. La cantante y empresaria Rihanna reapareció en la alfombra roja con una propuesta estética maximalista y teatral, dejando atrás la sobriedad de sus últimas apariciones dominadas por el monocromo.
El conjunto elegido fue un vestido burbuja en un tono rosa vibrante de la marca Balenciaga, concebido por el diseñador Pierpaolo Piccioli. La pieza presentaba un corsé palabra de honor y una falda voluminosa que se extendía en una larga cola, reforzando un dramatismo digno de pasarela. Para rematar, el outfit incluyó unos guantes largos de cuero en color negro, joyería de gran formato y un sombrero con plumas suaves que completaba una silueta con un guiño romántico e inusual.
A su lado, el rapero A$AP Rocky, pareja de la artista, optó por un traje clásico de Chanel, en un elegante color negro, generando un contrapunto visual entre lo experimental y lo atemporal. Ese contraste potenció la narrativa de la aparición: una dupla sincronizada, pero jugando en dos registros de moda distintos.
Si bien la elección de Rihanna provocó elogios por su valentía estilística y su forma de contar historias a través de la moda, también generó conversación por sus proporciones exageradas y su tono fantasioso, un riesgo calculado que suele caracterizar su relación con el estilo. Lejos de pasar desapercibida, la artista volvió a dejar claro por qué sigue marcando la agenda de la moda y del pop: no solo viste prendas, construye momentos.
Este look no fue solo un atuendo; fue una reafirmación de identidad. A las puertas de un nuevo ciclo creativo, Rihanna recuerda que cerrar el año también puede ser abrir la puerta a formas más libres, lúdicas e intensas de expresión, tanto en la moda como en la narrativa visual.