
El inicio de las vacaciones suele describirse con una postal idílica: familias reunidas, destinos soñados y celebraciones. La realidad, sin embargo, puede incluir un elemento menos fotografiable pero más común: el desborde emocional infantil en medio de los traslados. La llamada “ansiedad de anticipación”, el cambio abrupto de rutina, los espacios saturados de estímulos y la incertidumbre propia de un aeropuerto o un viaje por carretera pueden activar el sistema de alerta de los niños, según explican profesionales de la salud mental infantil.
Expertas como la psiquiatra pediátrica Stephanie K. Francis y la terapeuta conductual Kimberly Williams coinciden en que la información es una herramienta reguladora. Cuando un niño no entiende lo que está por suceder, su mente completa los vacíos con miedo. En contraste, cuando se le explica el trayecto con un lenguaje sencillo —qué irá pasando, cuánto podría durar, qué deberán esperar y qué pueden hacer si se sienten incómodos— el sistema nervioso infantil deja de percibir el viaje como una amenaza y comienza a leerlo como un proceso conocido.
Pero la contención va más allá de las palabras. Son pequeños rituales de seguridad los que brindan anclaje emocional: cargar un objeto de apego como un peluche, una almohada pequeña o una manta, llevar actividades que no exijan rendimiento sino placer, y anticipar cómo serán los espacios nuevos, no desde la fascinación adulta sino desde la lógica práctica infantil.
La autorregulación también se puede entrenar. Las técnicas más efectivas no requieren gadgets ni complejas explicaciones, sino algo más humano: co-regulación. Respirar juntos, hacer pequeños ejercicios de tensión y relajación muscular, distraer la mente con imaginación guiada o realizar actividades físicas breves —como caminar entre puertas, estirarse o jugar algo que implique movimiento simple— son estrategias que convierten el cuerpo en aliado y no en enemigo del momento.
Uno de los puntos más relevantes que comparte el análisis de Forbes es la participación activa. Darle al niño la oportunidad de decidir una mínima parte del plan —qué juego llevar, en qué momento ver una serie, elegir un snack o incluso marcar en un mapa dónde están durante el trayecto— no solo reduce el estrés: le devuelve la sensación de control, un factor directamente vinculado a la calma emocional.
Mientras tanto, instituciones como Centers for Disease Control and Prevention han subrayado la importancia de no saturar a los pequeños con actividades encadenadas sin pausas suficientes, pues el cansancio, la falta de sueño y la sobreestimulación aumentan significativamente la posibilidad de crisis emocionales durante los días festivos.
Y si bien Black Friday es el símbolo del consumo y Thanksgiving el del encuentro, existen también capítulos internos que no salen al aire en redes: las esperas, el tráfico, la sobrecarga sensorial y el desafío de sostener la calma adulta cuando la infantil tambalea. Aun así, expertos como la profesora de literatura y analista cultural Stephanie Burt recuerdan que las grandes celebraciones no se construyen eliminando la incomodidad, sino acompañándola, convirtiendo los momentos tensos en espacios de conexión y aprendizaje compartido.
Porque la ansiedad infantil no se “apaga” con órdenes, se *acompaña con presencia. Y lo que para un adulto es “un vuelo más”, para un niño puede ser *la oportunidad más potente del año para aprender que puede con lo incierto si no está solo en el proceso.
Estamos entrando en el último tramo del año y también en el primer impulso de un nuevo ciclo. Viajar es, en esencia, un acto de confianza: creer que lo desconocido puede ser hermoso si se camina acompañado. Tal vez hoy no podamos elegir la duración de una fila o evitar el ruido de un aeropuerto, pero sí podemos escoger cómo nos mostramos ante el trayecto, cómo damos seguridad con las palabras y cómo transformamos el miedo en experiencia compartida. Porque unas vacaciones tranquilas no significan ausencia de nervios, sino la presencia de un espacio seguro donde cada emoción tenga un lugar, un abrazo y un regreso a la calma.